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Fui a llorar a Toledo (Relato Corto)

Fui a llorar a un cementerio, porque no encontré un lugar más discreto y apropiado para llorar sin que nadie me molestara. Paseé sin rumbo entre lápidas centenarias regalando suspiros al viento y alguna que otra mirada perdida.

Me paré a mirar absorta el humo que salía de unos cipreses. Una curiosidad que nunca había visto antes. Entonces, oí una voz a mi espalda.

-     - Parece que están ardiendo ¿verdad?

 

Me giré en redondo y vi a un anciano menudo y enlutado que me miraba con una pequeña sonrisa en los labios.

-      - ¿Se encuentra bien joven?

-      - Sí, sí… claro… bueno… sólo estaba emocionada, ya sabe. - Dije señalando las sepulturas.

-     - No me engañe, ni trate de engañarse a usted. Ya son muchos años aquí para saber diferenciar las lágrimas. Y las suyas no son de duelo. Al menos no de duelo por un muerto.

Tenía razón aquel anciano. Había perdido algo, pero no se trataba de un ser querido precisamente.

-       - ¿Y usted cómo sabe tanto de esto?

-       - Vengo mucho. En realidad… vengo todos los días. Podría decir que esta es mi segunda casa.

-       - ¿Y qué hace aquí?

-      - Cuidar de las tumbas que nadie visita, limpiar, reparar cosas. También hablo con jóvenes como usted que viene a buscar… ¿qué ha venido a buscar aquí?

-       - ¿Aquí?... vine a buscar una armadura.

-      - ¡Ah! Pues entonces está en la ciudad ideal para ello. Toledo es un lugar magnífico para comprar una armadura.

-       - ¿Sabe? Yo ya tuve una y me deshice de ella porque pensé que era lo mejor. Pero he venido a por otra precisamente a la ciudad donde me deshice de la primera.

-       - ¿Y para qué quiere una armadura, si puede saberse, con el calor que dan?

-       - ¿Para qué va a ser? Para defenderme, para que no me hieran.

-        - Para no sufrir entiendo.

-        - Algo así. – Le contesté.

-        - ¿Y cree usted que eso va ser efectivo?

-        - Espero que sí, aunque de camino pierda sensibilidad. Al menos que me pare el primer golpe.

 

Me miro con cara de extrañeza y gesto indiferente. Se dio media vuelta y empezó a caminar.

-      - Sígame por favor.

Lo dijo con tanta autoridad que sin darme cuenta iba tras él por el vaivén del camino este del cementerio de Toledo. Cuando llegó a un banco se sentó y me hizo un gesto para que yo también me sentara.

-      - Discúlpeme, ya no aguanto tanto de pie como antes. Y preveo que la conversación nos va a llevar un tiempo. Aquí estaremos más cómodos.

 

Me senté a su lado y le mire con cara de circunstancias. En ese momento me di cuenta que no sabía por qué extraña razón estaba sentada en ese banco junto a un abuelo que no conocía de nada.

-       - ¿Y usted se llama?

-       - Mateo, me llamo Mateo.

-       - Encantada Mateo. – Hice el intento de decirle mi nombre y me cortó.

-       - No, no, no hace falta que me diga su nombre, no se preocupe. No es necesario.

 

 

Se hizo un silencio entonces que durante medio segundo me pareció incómodo. Pero Mateo lo volvió a romper con enorme naturalidad.

   - ¿Y por qué dice que se quitó aquella armadura?

   - Porque ya no me servía. Tuvo su función durante un tiempo, me protegió. Pero crecí y ya no cabía en ella, no podía maniobrar, no me sentía ágil. La vida pasaba a mi alrededor rápida y yo parecía una tortuga. Ya nadie llevaba armadura.

  - No se preocupe joven, es normal. Los seres humanos estamos hechos para amar lo más grande. Crecemos, ensanchamos… ¿Y ahora necesita volver a protegerse?

-    - Creo que sí. Tengo la sensación de haberme dedicado a caminar por el mundo a pecho descubierto. Y al final me acaba dañando la brisa del otoño, las heladas del invierno, el calor del estío y el polen en primavera.

-     - Eso sí me preocupa. Lo pequeño tiene que servirnos para las metas más grandes. No pueden convertirse en continuos obstáculos, porque la vida está llena de pequeñeces. Si las vemos como enemigos, no ahogaremos en ellas. La idea es deshacernos de las cosas más pequeñas para amar lo más grande. Aunque para amar lo más grande nos tengamos que servir de las cosas más pequeñas e imperfectas.

-        - ¿Y eso cómo se hace Mateo? Porque yo me ahogo cada día en sus miles de detalles.

-       - Trascendiendo… levantando la mirada para ver el horizonte. Elevando la mirada, y utilizando esto.- Dijo señalándose la cabeza-. Si eliminamos la razón, eliminamos el acceso a la verdad y nos quedamos con el puro sentimiento. La verdad trasciende todas las cosas.

-       - Es usted un hombre muy sensible Mateo, pero no le daña eso, lo ha convertido en una fortaleza. ¿Cómo lo ha conseguido?

-        - Con tiempo, con tiempo y con esperanza. Aprendí a convertirlo en sabiduría. Aprendí que era más efectivo pensar de forma análoga que dialéctica. Joven… no necesita negar para afirmar, no necesita destruir para construir. Busque, eleve la mirada, encuentre lo que quiere y haga lo posible por conseguirlo. Construya.

-        - ¿Y la armadura?

-        - Aprenda defensa personal. Es más efectivo. – Añadió con una sonrisa burlona.

-        - Además de sabio tiene sentido del humor.

-        - Simplemente tengo muchos años, ya he visto de todo.

-        - Mateo, usted es un maestro.

-        - ¿Maestro yo? ¿un simple peón caminero?

-       - Maestro sí… porque los maestros son personas que dan acceso a tesoros escondidos. Y usted me ha mostrado tesoros que no conocía.

-      - Eso es muy bello joven, pero más aún… eso es una verdad. Yo he tenido grandes maestros y así eran.

 

Se levantó como un resorte, como si le hubiera sonado una alarma que nadie más que él pudo oír. Y se despidió.

-     - Me tengo que ir joven. Espero no verla nunca más por aquí. Pero si decide hacerme una visita búsqueme allí… - Señaló un cuadro del cementerio - cuartel 298, manzana 125, letra B, no tiene pérdida junto al ciprés tronchado.

-       - No me dirá ahora que es su tumba.

-      - No y sí. Es la de mi mujer… pero yo estaré allí dentro de un tiempo. Así que vivo o muerto allí me encontrará. – dijo sonriendo.

-        - Me alegro mucho de haberle conocido Mateo.

-        - Y yo. Créame que yo también me alegro de haberla conocido.

 

Me extendió la mano y la ignoré. Le abracé con inmenso afecto y le agradecí sus palabras. No dijo adiós. Caminó hacia el cuartel 298 y cuando me dirigía a la puerta me gritó.

-       - Joven… joven.

 

Me giré para mirarle y añadió.

-       - Recuerde que usted también puede hacerlo.

-       - ¿El qué? – le dije.

-       - Convertirlo en sabiduría.

 

 Le sonreí y me incliné en una respetuosa reverencia. Dije adiós con la mano y salí de allí levantando la mirada para ver uno de esos atardeceres inmensamente bellos que tiene Toledo.

 

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