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¿Emociones buenas y emociones malas?

 

Desgraciadamente es demasiado común escuchar entre las personas que participan en las formaciones que imparto, que las emociones son buenas o malas en función de si les hacen sentir “bien” o “mal”. Es curioso que, en la mayoría de las ocasiones, apenas sabemos definir nuestro estado emocional más allá de: bien, mal o regular.

Tenemos un lenguaje demasiado limitado para hablar de emociones, en donde parece que no cabe sentirse sorprendidos, asqueados, agradecidos, iracundos, alegres, tristes, furiosos, etc. Y ni siquiera cuando sabemos que nos sentimos de cualquiera de esas formas, aunque no seamos capaces de ponerle palabras, somos capaces de aceptar la emoción y gestionarla.

Yo no creo en emociones positivas y negativas. Creo que todas las emociones son útiles, son necesarias y se puede aprender de ellas. Desde las que consideramos más placenteras (y he dicho placenteras, no buenas) hasta las que consideramos que aparentemente nos perjudican y catalogamos de “malas”. Las emociones son capacitantes como dice Isabel Aranda.  Todas las emociones son útiles y necesarias.

 

Para llegar a este aprendizaje es necesario abrir un espacio para la gestión de la emoción que irrumpe en mi vida. No vale con dejarse llevar sin más. Podríamos dar los siguientes pasos:

  • La emoción aparece en mi vida.
  • Me doy cuenta y trato de definir cómo me siento.
  • Me pregunto qué hecho ha desencadenado sentirme así.
  • Me pregunto si me suele pasar lo mismo en otras ocasiones similares.
  • Trato de acordarme de lo que pienso cuando eso sucede.
  • Reflexiono sobre qué me aporta esa emoción en ese momento.
  • Me pregunto para qué me sirve.


En ocasiones reaccionamos, por ejemplo, sintiendo rabia, cuando un amigo llega una hora tarde a una cita y hemos tenido que estar esperando en la calle y pasando frío. Cuando aparece le recibimos con ira, a veces le hablamos con ironía o le echamos en cara de malos modos lo que ha sucedido. Su tardanza me hace sentirme así, me suele suceder cuando alguien incumple lo que acordamos, pienso que es una falta de respeto, que es injusto que a mí me toque esperar pasando frío, que siempre llego puntual y él no, etc.

 

Y ahora abro la puerta a la posibilidad de aprender de la emoción, ¿qué me aporta en ese momento de reacción? En este caso la rabia aporta fuerza para responder, para atreverse a encarar un hecho injusto, aporta sentir dignidad para pedir respeto, aporta el poder enfadarse, etc. ¿Para qué te sirve? Pues si no se canaliza adecuadamente puede servir para abrir un enfrentamiento, es cierto. Pero si se canaliza adecuadamente puede servir para cuestiones realmente útiles. 

Por ejemplo: puedo utilizar gran parte de su fuerza, de su sentido de justicia, de su atrevimiento y su falta de temor al enfado, para plantear una conversación con la otra persona. Si además le añado decir las cosas con firmeza, pero desde la ternura, puedo hacer un reclamo estupendo para evitar que esa situación vuelva a darse. Incluso puedo atreverme a pedir que la próxima vez que quedemos sea en un lugar cerrado donde pueda esperar a gusto, o que pasados 10 minutos tengo derecho a marcharme y no perder más mi tiempo. Todo cabe en una conversación para llegar al acuerdo con la otra persona.

 

Aprendamos que todas las emociones tienen cosas positivas, de todas podemos aprender y escoger lo que más nos aporte en cada momento. Sólo es necesario pararse a escucharlas, preguntarse y sobre todo manejarlas nosotros a ellas y no al revés.